Notas “Sobre Dios” por Krishnamurti

abril 24, 2011

Lo que algunos sabios quieren decir cuando dicen “AMOR”…

Del libro “Sobre Dios” (ed. Kairós)

21 de agosto de 1961

Nuevamente ha sido un día claro, soleado, con largas sombras y hojas relumbrantes; las montañas se veían serenas, macizas y cercanas. El cielo era de un azul extraordinario, límpido y apacible. Las sombras llenaban la tierra; era una mañana especial para las sombras; sombras pequeñas y grandes, sombras largas, delgadas, finas y otras satisfechas de su opulencia, feas sombras, regordetas y jubilosas sombras espirituales. Los tejados de las granjas y de los chalets brillaron como mármol pulido, tanto los nuevos, como los viejos. Parecía haber un gran regocijo y griterío entre los árboles y en medio de los prados; todo existía lo uno para lo otro, y por encima de todo estaba el cielo. No el creado por el hombre,  con sus torturas y sus esperanzas.  Y había vida, vida vasta, espléndida, palpitando y extendiéndose en todas direcciones. Era vida, siempre joven y siempre peligrosa, vida que jamás se detiene, que recorre la tierra, indiferente, sin dejar nunca una huella, sin pedir ni reclamar nada. Ahí estaba, en plenitud, sin sombras, imperecedera, sin que importara de donde venía o hacia donde iba. En todas partes había vida, más allá del tiempo y del pensamiento. Era algo maravilloso, libre, sutil en su levedad e insondable. No era para ser encerrado; ahí donde se le encierra, en los lugares de adoración, en el mercado, en la casa, hay decadencia y corrupción con sus perpetuas reformas. Estaba ahí, simple, majestuoso y quebrantador, la belleza de ello sobrepasaba todo pensamiento y sentimiento. Es tan inmenso e incomparable que llena la tierra y los cielos y la brizna de hierba que tan rápidamente se destruye. Está ahí, con el amor y con la muerte.


En el monte, el aire era fresco, y unos metros más abajo corría un ruidoso torrente. Los pinos se proyectaban hacia los cielos sin inclinarse jamás para mirar la tierra. Era un lugar espléndido con las negras ardillas comiendo setas de los árboles mientras los recorrían de arriba a abajo persiguiéndose las unas a las otras en apretadas espirales; había un petirrojo, o lo que parecía un petirrojo, moviéndose de un lado a otro. Todo era sosiego y quietud, excepto por el torrente con sus frías aguas de montaña. Y lo que allí había era amor, creación y destrucción, no como un símbolo, no como algo del pensamiento o del sentimiento, sino como una tangible realidad. Uno no podía verlo, experimentarlo, pero estaba ahí sobrecogedoramente inmenso, con una fuerza más allá de toda medida y con el poder de lo más vulnerable. Estaba ahí y todas las cosas se aquietaban, el cerebro y el cuerpo; era una bendición y la mente era parte de ello.

Esa profundidad no tiene fin. Su esencia está fuera del tiempo y del espacio. No es para experimentarlo; la experiencia es algo tan chabacano, se pierde tan fácilmente como se obtiene; el pensamiento no puede producir esa profundidad ni el sentimiento puede alcanzarla. Ambos son tontos e inmaduros. La madurez no es del tiempo, no es una cuestión de edad, ni adviene a las influencias, ni al medio. No puede comprarse, y ni  los libros, ni los maestros ni los salvadores, ni el uno, ni los muchos pueden crear jamás el clima apropiado para esta madurez. La madurez no es un fin en sí mismo; surje a la existencia sin que el pensamiento la cultive, sin que la busque por medio de la meditación; surje misteriosamente, secretamente. Tiene que existir esa madurez que es la sazón de la vida. No la sazón que engendran la enfermedad y el alboroto de la existencia, el dolor y la esperanza. La desesperación y el esfuerzo no pueden dar origen a esa total madurez pero ella tiene que existir sin que se la busque porque en esta madurez total hay austeridad. No la austeridad de las cenizas y del cilicio sino la casual e impremeditada indiferencia hacias las cosas del mundo, hacia sus dioses, su respetabilidad, sus esperanzas y valores. Estas cosas deben ser totalmente negadas para que exista esa austeridad que adviene con la madura soledad interna. Ninguna influencia de la sociedad o de la cultura puede alcanzar jamás esta soledad. Ella debe existir, pero no evocada por el cerebro, que es hijo de las influencias y del tiempo, debe llegar como el trueno, desde ninguna parte. Y sin ella, no hay madurez total. La otra soledad, que es la esencia de la autocompasión y la autodefensa, de la vida aislada en mitos, conocimientos e ideas, está muy lejos de esta madura soledad del ser; está perpetuamente intentando integrar y siempre está dividiendo, separando. La madura soledad implica una vida en la que se llegado a su fin toda influencia. Esta madura soledad del ser es la esencia de la austeridad.